Si Tuviera que contar todos aquellos fatales momentos
que me hizo pasar, creo que nunca acabaría, entre otras cosas porque la mente
que es muy sabia intenta protegerte de recuerdos que pueden hacerte mucho daño.
O quizá los apartas tú misma.
Cuando vives una experiencia como ésta, o te hundes
para siempre, o intentas salir una y otra vez, hasta que es posible dejarlo
atrás.
Muchas mujeres no han tenido mi suerte.
Muchas mujeres se han quedado en el camino.
Y por todas ellas, merece la pena luchar.
Es verdad, que cuando una sale de esta mala
experiencia,
un sentimiento de culpabilidad la llena por completo,
eso acompañado de un rencor enorme hacía esa persona al que casi le dimos la
vida y
de esa forma nos trató.
A mí esos dos estados me han acompañado durante siete
años de mi vida.
Ni siquiera cuando conseguí mi última orden de
alejamiento hace un año y medio, conseguí desprenderme de esta carga.
Pero este verano, yendo a una de mis caminatas, le vi.
Y fue la primera vez en mi vida después de mucho
tiempo que me di cuenta que él ya no era nada para mí.
Me era indiferente. Ya ni le quería ni le odiaba.
No sentí nada.
Y fue en ese instante cuando comprendí que había
llegado mi momento.
Era libre, de toda culpa por no haber echo las cosas
de otro modo, por haberme dejado engañar, por haberme dejado maltratar por
aquel personaje. Ya no sentí rencor hacía él.
Se acababa una larga etapa en mi vida.
Y comenzaba una nueva y llena de energía para mí.

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